El cuento de la semilla

Las veía por mi ventana. Más hermosas que ninguna, creciendo entre la hierba de los jardines ajenos. Un anhelo anidó en mi pecho: Yo también quería una.

Salí a la calle con unas tijeras, dispuesta a hacerme con alguna de aquellas preciosas flores que crecían en todos los jardines que me rodeaban. Sin embargo, ninguno de los vecinos accedió a que cortara ni una sola de sus flores y me la llevara conmigo.

De camino a mi casa con las manos vacías, una anciana me llamó desde una puerta.

—¿Eres tú la muchacha que va buscando las flores violetas?

Asentí, extrañada por su interés. Jamás había visto a aquella anciana antes, y aquel era un barrio muy pequeño. De hecho, nunca antes me había fijado en su casa.

—Yo tengo semillas de esa planta—siguió—. Si quieres, puedo darte una.

Mis ojos se iluminaron ante su ofrecimiento, sin embargo, no tardé en dudar.

—¿Cuánto me va a costar? —pregunté con desconfianza. Si ningún vecino había querido compartir su flores conmigo, ¿por qué motivo aquella extraña iba a ser distinta de los demás?

La anciana rió.

—Es gratis, muchacha. Considéralo un préstamo. Solo te pediré que, cuando tu planta crezca lo suficiente como para dar sus propias semillas, me la devuelvas.

La anciana entró en la casa y no tardó en salir, escondiendo algo en la palma de su mano. Me la tendió y depositó sobre la mía una pequeña, casi invisible, semilla. Le sonreí y me despedí, contenta porque al fin tendría aquella planta que tanto había admirado en los jardines ajenos.

Llegué a casa, busqué una maceta, la llené de tierra, hundí la semilla en ella y la regué. Al día siguiente, nada más levantarme, me asomé a la maceta. Sin embargo, el desánimo se apoderó de mí cuando descubrí que no había crecido ni un solo brote.

Así, pasaron varios días en los que lo primero que hacía en cuanto me despertaba era visitar la maceta y resoplar. Resoplar una y otra vez. Ahí no crecía absolutamente nada. Al final, desesperada, dejé de visitar mi semilla, y con ello también me olvidé de regarla.

Un día, paseando por los jardines, volví a contemplar las flores violetas de los vecinos, y tan pronto como las ganas de conseguir aquella flor volvieron a mí, me acordé de mi semilla abandonada. Volví a casa, busqué la maceta olvidada y, de nuevo, comprobé que no había aparecido ni un minúsculo brote en la tierra. Disgustada, fui a buscar a la anciana.

—Perdone, pero la semilla que usted me dio no vale. De ahí no crece nada.

La anciana me miró extrañada.

—No es posible. ¿La plantaste en cuanto llegaste a casa?

—Sí, lo hice.

—¿Y la regaste todos los días?

—Sí, al menos al principio. Después, viendo que no crecía nada, dejé de hacerlo.

—Ahí está el problema, muchacha. No puedes dejar de regarla, si lo haces, la semilla dejará de crecer, y el brote no conseguirá atravesar el manto de tierra. Vuelve a casa, riégala todos los días y ten paciencia. Si haces lo que te digo, la semilla germinará.

No muy convencida, regresé a casa, regué la tierra que no era más que un peñón seco, y esperé. Repetí aquel proceso cada día, durante muchos, muchos días, cuando al fin, una mañana inesperada, apareció el primer brote, verde, firme y brillante.

Eufórica, abracé mi maceta y di saltos de alegría. ¡Lo había conseguido! Ya tenía mi planta. Sin embargo, el desanimo no tardó en volver a mí. Aquella planta no era más que un brote pequeño, apenas de unos milímetros. En cambio, las de los vecinos eran preciosas, exuberantes, con aquellas flores de un color violeta tan brillante. Yo quería que mi planta luciera pronto aquel aspecto tan magnífico.

Comencé pues, a regalarla con más frecuencia. Dos veces, tres e incluso cuatro veces al día. Incluso no dormía por no dejar de regarla durante la noche. No tardé en agotarme de aquellos cuidados tan exhaustivos, a la vez que el brote se volvió mustio, el verde se convirtió en marrón, se curvó hacia abajo y no creció ni un milímetro en días. Preocupada, agarre la maceta y corrí a buscar a la anciana.

—Perdone, pero hice lo que me dijo. Regué la planta y miré qué mal aspecto tiene ahora.

La anciana tocó la tierra y negó con la cabeza.

—¿Cuánto la estás regando?

—La riego todos los días, como me dijo.

—¿Pero cuántas veces al día?

—Todas las que puedo. Es lo único que hago en todo el día.

—Ahí está el problema. No puedes regarla tanto, o acabarás ahogándola. Deja que se seque, y después vuelve a regarla solo un poquito, cada día. Constante, pero sin excederte. Solo así conseguirás que crezca sana y sin pudrirse.

Cuando la tierra al fin estuvo seca, comencé a regarla, una vez al día, como me había indicado la anciana, y aquel brote no tardó en recuperar su color verde, se irguió de nuevo y comenzó su crecimiento. Era lento, pero constante. Yo lo iba midiendo, apuntaba los milímetros que ganaba, hasta que un día, al fin, dio su primer capullo, y al cabo de una semana, aquel capullo se abrió y apareció una flor.

Oh. Qué bella era. Más hermosa que ninguna que hubiera visto antes. De un color violeta vibrante. La contemplé día y noche, noche y día. Sin embargo, al tiempo, de tanto mirarla, acabé por aburrirme de ella. Siempre la misma flor. Siempre tan sola. Decidí entonces que debía plantar otra semilla junto a mi flor violeta para que le hiciera compañía. Así, volví a casa de la anciana y le pedí más semillas.

—No es más semillas lo que necesitas, muchacha, con una te basta. Lo que debes hacer es cambiar la planta de maceta. Ahí no puede crecer más, y solo te dará una flor.

Yo, que no encontré una maceta lo suficientemente grande para el tamaño que anhelaba en mi planta, la transplanté a mi jardín. Ya había visto como algunos vecinos tenían sus jardines repletos de ellas, y yo quería que el mio se viera así de bello, incluso más. Así, la saqué de la pequeña maceta, cavé un hoyo sobre el manto de tréboles y la planté entre las rosas y las margaritas. 

Al cabo de una semana, la planta ya doblaba su tamaño y los capullos se habían multiplicado. Continué regándola, y no tardó en expandirse por el jardín, cubriendo con sus flores violetas todas las platas que la rodeaban. Al principio no me importó, pues aquella planta era más bonita que todas las demás, pero pronto comenzó a verse aquel jardín demasiado aburrido. No había contraste de colores ni de aromas. Solo aquella flor violeta por todas partes.

Una tarde, después de un buen rato regando aquella gigantesca planta, la anciana se asomó a la valla de mi jardín.

—Veo que tu planta ha crecido mucho. Es la más frondosa de todo el barrio —me dijo alabando su grandeza.

—Sí —le contesté en apenas un suspiro.

—¿Qué te ocurre? No pareces muy feliz.

—Le di más espacio, como me dijo, pero no tardó en hacerse demasiado grande. Echo de menos mi antiguo jardín. Esta flor es bella, no cabe duda, pero ya no hay sitio para los tréboles, ni para las margaritas, ni siquiera recuerdo cómo olían mis rosas. Lo único que hay a mi alrededor es esta enorme planta de flores violetas.

La anciana frunció el ceño.

—Creo que me olvidé de advertirte algo; Esta planta, aunque bella, tiene un defecto. Es una planta demasiado ambiciosa y, si no se poda, crecerá sin control, cubriendo a las demás plantas con la sombra de sus enormes flores, hasta matarlas.

—¡Qué planta tan cruel!

—No es cruel. Solo está algo consentida. Corta algunos tallos y deja que el sol bañe con su luz las demás plantas, al fin y al cabo, estás cultivando un jardín, no solo una flor.

Agarré mis tijeras y, con dolor, pues me había costado mucho tiempo y esfuerzo lograr que mi planta de flores violetas luciera la más grande de toda la calle, comencé a recortar los tallos y los fui amontonando en un rincón.

Pronto, volvieron a salir las margaritas y las rosas, incluso el jardín se llenó de nuevo de tréboles. Y aunque aquella planta de flores violetas ya no era tan grande como antes, tenía el tamaño justo para embellecer mi jardín.

Cuando me dispuse a tirar los tallos cortados de las flores que se habían secado en un rincón, cayó una pequeña semilla de ellos, como la que un día me dio la anciana. Volví a buscarla para devolverle la semilla que me prestó, sin embargo, la casa ya no estaba, y tampoco anciana.

Como yo no tengo más espacio en mi jardín, te la regalo a ti. Plántala, riégala a diario, que no en exceso, y recuerda no dejar que le quite el sol al resto de tu jardín. Porque las flores que da la planta de los sueños son bonitas, pero no te olvides del resto de tu vida, llena de rosas, tréboles y margaritas.

Gracias por venir a El Palomar, refugio de todos los que tenemos la cabeza llena de pájaros. Y recuerda:

¡A volar sin miedo y a soñar sin límites! (pero con control).

Paloma.

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